miércoles, 29 de septiembre de 2010

Logrando el balance

Es natural, que busquemos –como padres- mostrar nuestro éxito en la labor que se aprende sobre el caballo. Finalmente nadie te enseña a ser padre y se suele cometer el error de pensar que si la educación que se recibió fue medianamente exitosa, entonces el modelo se repite. Si por el contrario, no lo fue pues entonces dejo de hacer todo lo que mis padres hicieron conmigo.

En lo anterior, cualquier extremo es malo y erróneo. Cuando nosotros fuimos educados corrían otros tiempos y de ello si somos conscientes pero igual vamos a aplicar el mismo molde a una realidad diametralmente opuesta. Les doy solo una muestra: hay celular.

Consideramos que nuestros padres fracasaron en el intento de educarnos y que por el contrario, nos consideramos hombre y mujeres hechos y derechos a pesar de la educación recibida. Por lo tanto, criamos hijos sin “NO”, sin límite, sin sentidos culposos. Nuevamente caemos en el error. Puesto que todo ser humano necesita fronteras en su caminar, retos que superar.

Complicado encontrar el equilibrio, pero en ello está buscar el balance de sentirnos padres orgullosos y no arrastrar sobre nuestros hombros los supuestos errores de los hijos. Son nuestros, no de ellos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El puente colgante

Partamos de la premisa de que todos los seres humanos necesitamos límites en nuestro crecimiento. No lo digo porque seamos unas bestias, ni no tengamos un autocontrol, simplemente pienso que en nuestra crianza hemos tenido algunos límites que nos han convertido en seres humanos medianamente "normales". Aclaro: medianamente.

Es cierto también, que muchos padres de nuestra generación hemos sido/somos extremadamente complacientes, relajados, permisivos, generosos o como quieran decirlo con respecto a los límites que les hemos puesto (les ponemos) a nuestros hijos. Algunos ya pueden dar fe del buen éxito o poco éxito de la estrategia utilizada. No obstante, creo que todos la tenemos clara: en la crianza, los límites son básicos.
Esta imagen es buena: tienes que cruzar una distancia entre dos puntos usando un puente, la caída no sería mortal. Hay dos puentes, uno destartalado, con algunas maderitas que le faltan, tiene barandas. El otro está nuevo, es obviamnete más seguro, no tiene barandas. Por instinto, está confirmado que escogeremos el primero...
Tengo en mí grabadas las palabras de MAYA quien a los 18 años se "largó" de su casa con lo que tenía puesto después de una fuerte discusión: es que a mí... me faltaron límites, me dijo. cuando me los quisieron poner, ya era tarde y hasta ridículo.
Como dice la vieja y sabia frase: todo extremo es malo...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El desarrollo emocional en la adolescencia -Alfonso Aguiló-

Recordar la propia juventud es algo siempre interesante. Cuando se es joven, y se vive rodeado de otros jóvenes en el ambiente escolar o en la familia, parecía quizá que todos teníamos un destino parecido. Pero si recordamos aquellos años nuestros, y vemos cómo fue pasando el tiempo, y cómo se fue fraguando nuestra vida personal, y cómo nuestro destino iba serpenteando por una ruta que quizá ahora, años después, nos parece asombrosa, comprendemos entonces que la adolescencia es una etapa decisiva.

La adolescencia es la edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos, la edad de los grandes ideales y de los grandes escepticismos. Una etapa en la que suele disminuir la autoconfianza y crecer la autoconciencia, en la que quizá emerge una imagen propia inflexible y contradictoria, años de frecuentes dudas y tempestades interiores. Y una de las batallas más decisivas se refiere al equilibrio afectivo.
Complejidad de los sentimientos
Muchos experimentan, por ejemplo, una amarga sensación de rebeldía por no poder controlar sus propios sentimientos. Se sienten tristes y desalentados -o incluso resentidos y culpables- por ser incapaces de sentirlo que piensan que deben sentir.

Quizá son demasiado inquisitivos, y quieren verlo todo con una claridad que la vida no siempre puede dar. Quieren entrar en su vida afectiva con mucho ímpetu, y pretenden salir luego de ella seguros y claros, con todas sus ideas como en letra de molde, como aquellas viejas planas de caligrafía de los primeros años del colegio, limpias y sin la menor tachadura. Y al chocar con la complejidad de sus propios sentimientos, se encuentran como inundados por una tristeza grande, y pueden sentir incluso ganas de llorar, y si les preguntas por qué están así, es fácil que respondan desolados: "No lo sé".

Estilo emocional
A esa edad hay muchas cosas que ordenar dentro de uno mismo. Hay quizá muchos proyectos y, con los proyectos, inseguridades. Y no hay siempre una lógica y un orden claros en su cabeza. Se mezclan muchos sentimientos que pugnan por salir a la superficie. Las preocupaciones de la jornada, la rumiación de recuerdos pasados que resultan agradables o dolorosos, y que quizá se deforman en un ambiente interior enrarecido, todo esto mezcla a las altas aspiraciones con impulsos hormonales que a veces no pueden manejar.

En medio de esa amalgama de sentimientos -algunos opuestos entre sí- va cristalizando el estilo emocional del adolescente. Día a día irá consolidando un modo propio de abordar los problemas afectivos, una manera de interpretarlos que tendrá su sello personal, y que con el tiempo constituirá una parte muy importante de su carácter.
Desde la inteligencia
La vida afectiva de cada uno es el resultado de toda una larga historia de creación y de decisiones personales. No podemos llegar a tener un control directo y pleno sobre nuestros sentimientos, pero sí un cierto gobierno de ellos desde nuestra inteligencia. Todos somos abordados continuamente por sentimientos espontáneos del género más diverso, y una de las funciones de nuestra inteligencia es precisamente controlar esos sentimientos.

La inteligencia va ensayando actitudes ante los diferentes tipos de sentimientos que se nos presentan, y así va aprendiendo estrategias para influir de alguna manera en nuestra vida afectiva. Por ejemplo, ante un comentario que ha suscitado en nosotros un sentimiento de irritación, podemos intentar sobreponernos adoptando una actitud dialogante, quitando importancia al posible agravio; también podemos responder con una actitud tolerante, como subrayando el respeto a otras valoraciones distintas a las nuestras; o incluso con una actitud de ironía teñida de humor, para relajar la tensión que se haya podido crear.
Hay muchas formas de influir en nuestra vida afectiva, y en todos los casos es la inteligencia quien se esfuerza en proponer actitudes que permitan activar o amortiguar a nuestra voluntad algunos de nuestros propios resortes sentimentales.
La época de los ideales
En la historia de cada persona aparece, con mayor o menor frecuencia e intensidad, la voz del ideal. Un valor o un conjunto de valores que, poco a poco, o de modo fulminante, cobran relieve en nuestro aprecio, se destacan entre otros posibles, los percibimos como más entrañables, más propios, más personales. Son como destellos que van surgiendo desde edades tempranas y que después, en la adolescencia, adquirirán una viveza mucho mayor.

Es algo que madura en nosotros y que con el tiempo se nos muestra como algo que debe definirnos y diferenciarnos, que da sentido a lo que hacemos. Y experimentamos esos ideales como algo que viene a nosotros, a lo que estamos llamados. Como algo que, aunque esté sujeto a nuestra decisión, es casi más recibido que elegido. Como algo que necesita ser reconocido y asumido. Como algo que a la vez atrae y exige, que a un tiempo nos compromete y nos eleva.
Comienza un proceso que atravesará su etapa más delicada durante los años de la adolescencia. Una travesía que se caracterizará, sobre todo, por sus imprevisibles contrastes. Un camino estimulante y doloroso a la vez, de claridades y de tinieblas, de afanes apasionados y de terribles vacilaciones y que concluirá habiendo definido –al menos en sus principales líneas- el estilo afectivo personal.


Mi comentario: De ahí que sea tan importante vigilar a la distancia, con amor, con paciencia y tolerancia. Tratar en la medida de los posible de encontrar canales de diálogo. De ello, hablaremos pronto.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La lectura y los adolescentes 3 (el final)

Para trabajar de forma coherente y con convicción en esta tarea motivadora hay que buscar estrategias que funcionen a largo plazo. Estrategias que no sean muy dolorosas ni que generaran conflicto y sobre todo, que involucren a toda la familia. También es necesario que los mismos padres estén actualizados con el mundo de los libros. Verlo como un objeto cultural; conocer las posibilidades que ofrece el mercado; conocer cómo informarse de las nuevas publicaciones y si fuera posible establecer un vínculo con alguna librería.

Para ello les propongo varios planes de acción. Con plena libertad de usarlos de acuerdo a cada realidad y dependiendo de la edad de los chicos.


•Revalorización de la lectura. Los padres tiene que ser los primeros en empezar esta campaña. A cualquier edad y más en el adolescencia los chicos le prestan mucha atención al comportamiento de sus padres (buscar juzgarlos en todo momento). Por eso es que si los padres no leen pierden autoridad cuando exigen a sus hijos que lo hagan. Hay que educar con el ejemplo: los padres TIENEN que empezar a leer de forma visible, pero sin hacer alarde de ello.

•La idea es que se lea, no solamente literatura clásica sino que se retome el hábito lector. Por ello, otra idea es regalar alguna revista de su interés: El gráfico, Don Balón, Club Nintendo, National Geographic, Rolling Stones; entre otras.

•Llevarlos a Ferias, librerías y dejar que libremente ellos escojan un libro con un presupuesto especificado desde un inicio.

•Compartir películas basadas en textos clásicos. Usar la televisión a nuestro favor. Algunos chicos luego quieren saber más del tema. Se puede tener una conversación al respecto de que siempre el libro es mejor que la película pues tiene más detalles, uno puede imaginarse las situaciones de otra manera, entre otros.

•Despertar la curiosidad pues esta puede ser un gran aliado. El adolescente –como cualquier ser humano- es curioso por naturaleza aunque parezca desentenderse del mundo. Por ello, dejar el libro o la revista que leemos abierto en alguna parte estratégica, donde sabemos que lo van a encontrar y les va a “jalar el ojo”. Del mismo modo, los chicos siempre están atentos a nuestras conversaciones. Se puede comentar entre la pareja, con un amigo o hasta hablando por teléfono lo interesante (divertido, misterioso, desagradable) que les resultó determinada lectura. Llama la atención que cuando generalmente usamos adjetivos negativos para dar nuestra opinión, el adolescente se pone alerta.

¡No bajen los brazos! ¡Libros arriba!

viernes, 3 de septiembre de 2010

La lectura y los adolescentes 2

En una encuesta que alguna vez realicé y cuyos resultados no creo hayan cambiado mucho, pude llegar a estas conclusiones.

Los padres fueron reconociendo que, a veces ellos les transmitían mensajes erróneos a sus propios hijos: antes leían, les gustaba leer cuando no estaban tan ocupados como ahora, ya no tenían tiempo, o que los libros que les había tocado leer en el colegio habían sido muy aburridos. Otros, en cambio, buscaban lucirse tratando de demostrar su conocimiento literario: y no hay peor cosa para un adolescente que un padre sabelotodo. Además sin darse cuenta, terminaban impidiendo que el chico fuera descubriendo por sí mismo el encanto de leer.

Hubo casos en los que a pesar de ver que sus hijos estaban sumergidos en el maravilloso mundo de un libro les cortaban la conexión que había logrado establecerse con esfuerzo y dificultad, interrumpiendo su actividad. Cuando se había logrado delimitar un espacio para la lectura, eran los mismos padres lo que lo destruían. Por ejemplo, que apagaran la luz, que dejaran de leer y se durmieran de una vez.

Quedó pues establecido que a veces los propios padres se metían auto-goles desanimando a sus hijos a establecer su propia relación con el mundo de la literatura. Inclusive, el adolescente terminaba identificando la actividad lectora con una acción punitiva, pues hay padres que castigan a sus hijos mandándolos a leer.

Muchos de ellos se convertían en el principal “modelo de ocio lector”. Los padres leen menos que sus hijos. Al tocar este tema surgieron como siempre excusas de diversa índole: “trabajo todo el día”, “no tengo tiempo”, “acabo agotado”, “pongo la televisión y solo pienso en desconectarme del mundo”, etc.
Por lo tanto, hay que buscar soluciones COHERENTE, que busquen de paso, ver el tema desde un punto de vista familiar y crear un vínculo a partir de la lectura.
Seguiremos en la próxima publicación.

martes, 31 de agosto de 2010

La lectura y los adolescentes 1

Seguramente muchos educadores habrán compartido la angustia de la tristemente famosa pregunta de padres angustiados: ¿Qué hago para que mi hijo lea? Ello demuestra que aquellos comparten con nosotros la misma inquietud por mejorar el nivel lector de los chicos.

Los adolescentes ya no quieren leer y una de las razones primordiales de ello es la falta de motivación. Cabe agregar que existen otros elementos que contribuyen también a desmotivarlos: las tentaciones tecnológicas, el interés por su propia imagen: el chico que pasa horas leyendo es mal visto por sus pares, la propia inercia de la edad, entre otras. Pero también hay que admitir que el propio trabajo docente anula el placer de la lectura: tenemos que cumplir con un programa, hay que obligarlos a leer obras que en muchos casos tienen temas aburridos y los chicos no pueden dejar de cumplir con su responsabilidad. Nuestro rol termina siendo impositivo. Los niños que leían, al llegar a la adolescencia dejaban de hacerlo. Los chicos han cambiado en más de un aspecto. El preferir estar con sus amigos, pasarse la tarde escuchando música o frente a la computadora, era un síntoma de que la escala de preferencias y valores también está sufriendo un cambio.


Nos planteamos una primera pregunta: ¿Por qué nuestros hijos no leen? Tratamos de descubrir las causas, pues los síntomas ya eran conocidos. Tenemos que reconocer como motivo principal está la obligación que tienen de leer. Efectivamente, ahí comprobamos que para no dejar de cumplir con las lecturas impuestas por sus maestros usan los típicos atajos: leen solo los capítulos finales, bajan los resúmenes de “El rincón del vago” , o en el mejor (o peor) de los casos buscaban un buen amigo que se vuelve automáticamente “su narrador de cuentos”.
Sin embargo, los mismos padres también aportan lo suyo haciendo autogoles... seguiremos en la próxima publicación. El viernes.

martes, 24 de agosto de 2010

Llorando por adelantado

Los sistemas suelen funcionar si es que hay coherencia entre los límites que se predican y los que se aplican. De qué sirve tener un horario medido, digo, organizado entre 8 am y 3 pm, si luego habrá una orgía del tiempo en donde la computadora, la tele y las responsabilidades se yuxtaponen las unas sobre las otras.

Para qué le voy a buscar a mi hijo actividades extracurriculares que llenen su tiempo si un mes hace natación, pero al siguiente mes que ya no quiera va a hacer fútbol, y al siguiente como no le gusta el entrenador va a ser box tailandés, y al siguiente como el horario le da flojera quiere ir al gimnasio. Como los padres saben que el deporte es bueno siguen el amén y el monstruito no aprende jamás la noción de compromiso, disciplina, diversión y a la vez sacrificio que el deporte implica. Ojo: ¿cuál es la respuesta que como padres tenemos ante esto? : Si no hay problema, la cosa es que haga deporte y así no me peleo con mi hijo/a.

¿Cuántas batallas hemos dejado de pelear por el simple hecho de no molestarnos con nuestros hijos y comernos una discusión? ¿Cuántas veces hemos cedido para no vivir dentro de la casa otra situación mayor de estrés a la que ya nos vemos sometidos laboralmente todos los días? ¿Cuántas veces la criatura se ha salido con la suya y “todos muy felices” sin haber tenido ninguna pelea?

Solo el futuro tendrá la crudeza de echarnos a la cara ciertas señales en donde cuánto nos preguntemos ¿dónde nos equivocamos? La respuesta estará en unos lentes de piscina hongueados durmiendo en un cajón.

martes, 17 de agosto de 2010

En (+)

A veces uno tiene un mal día, y el trabajo de corregir no termina. Después de un tráfico atroz, estrés laboral, cansancio físico y a veces coordenadas inesperables todo se conjuga a tener un humor realmente cruzado... Uno empieza a corregir y descubre un trabajo genial, esforzado, divertido. Un trabajo que arranca una sonrisa y que como diría la propoganda de Master Card: no tiene precio. La jornada ha mejorado notoriamente, buen cierre del día.

Día siguiente: el profesor entra a clase de manera formal, casi marcial y nombra casi a gritos delante de todo el mundo. ¡Fulano! ¡Mengano! ¡Zutano! Sobre su trabajo debo decirles algo. Los chicos palidecen, se desorienta; el profesor continúa: ayer fue un día aciago para mí. Tenso, pesado, lleno de estrés, agotador y todo lo negro que puedan imaginarse. En eso, empiezo a revisar su trabajo y no he parado de reírme, en buena onda, con lo divertido y refrescante que fue su presentación. Ha sido un gusto enorme corregirlo, y aunque no han obtenido la nota máxima debido a algunos errores, merecen un reconocimiento público y sobre todo, POSITIVO.
Volvió el color a los rostros, las sonrisas iluminan tres caras como sol veraniego a mediodía. La clase muda rompe con un tímido aplauso que se generaliza y aunque otros grupos tuvieron el ansiado 20, estos chicos saben que ellos alcanzaron la gloria.
El 20 no siempre trae la felicidad, el reconocimiento público, a veces, tiene más valor para el adolescente que busca destacar del resto...
Educar en (+) que le llaman.

lunes, 9 de agosto de 2010

La puntuación, la sintaxis y el amor -Leila Macor-

De nuevo los invito a disfrutar de un texto que cayó en mis manos. Un texto que compartiré en lo pronto con mis alumnos, porque de alguna manera refleja la relación íntima entre vida y literatura. Relación placentera que trato de inculcar desde mi orilla. Agradezco el aporte de mi ex alumno y hoy gran amigo, Francisco Peirano.
La puntuación, la sintaxis y el amor
Por Leila Macor (de su libro Nosotros, los impostores).

Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él.
Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco).
El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar.
Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simplifiqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa.

Luego vino un chico que odiaba el «sándwich literario», que es cuando se coloca un sustantivo entre dos adjetivos (por ejemplo, la «enigmática casa antigua»). Ergo, me volví implacable con los adjetivos, cacé sándwiches y acabé con todos ellos. El siguiente se la tenía jurada a los adverbios. Decía que son un bastón para apoyar a un verbo que no tiene suficiente fuerza. Saqué adverbios y usé sólo verbos autoválidos. Y otro abogaba por la eliminación de la palabra «como». La luna es un queso, no como un queso. El «como» ensucia la metáfora, decía, porque la transforma en una anodina comparación. Busqué entonces todos los «como» de mis archivos con Find and Replace y los borré de un manotón en el teclado.
Luego mi ex esposo se reveló como un gran admirador de Kundera y elogió las metáforas que «caen como un rayo iluminador sobre una escena». Intenté por ende, y durante años, imitar el rayo iluminador de Kundera. Pero ninguno de ellos se enteró jamás, lógicamente, de todo esto que se cocía entre la palabra y yo.

Desde que puedo recordar, la escritura ha sido mi forma más inadvertida, menos eficaz y peor orientada de coquetear.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hoy, igual que ayer... pero diferente.

Un buen amigo de mis tiempos escolares me sugirió escribir sobre este tema: Tu sensación de exalumna / recuerdo de alumna. ¿Te ves (te crees ver) en alguna de tus alumnas? ¿Te ves muy diferente?

Aquí mis reflexiones.

Cuando estoy parada del otro lado de mi escritorio (pupitre –palabra en desuso-) y hago un esfuerzo por recordar cómo me sentía en mi rol de chiquilla y cómo veo ahora a quienes ocupan un lugar similar en el salón de clase, confieso que tengo que hacer un ejercicio mental de interiorización que resulta divertido, complejo y hasta doloroso.

Al igual que mis alumnos estuve en un colegio mixto, y al igual que ayer veo que los sentimientos de desorientación están latentes, son los mismos pero viven otro entorno. Pero al decir parecidos, yo misma dudo porque el origen de esas desorientaciones, angustias y miedos pueden ser diferentes. ¿En qué nos parecemos? En querer pasar por encima del límite, en creer que somos la última chupada del mango y nos sentimos con la capacidad de tomar decisiones recontra inteligentes.
Las chicas somos iguales cuando no sabemos qué ponernos, amargarnos cuando nos vino la regla el fin de semana que no debía y hacer de cada detalle insignificante una tragedia en nuestra vida. Verán que las mujeres de adultas no cambiamos mucho. No obstante, ahora siento más fuerte el sentimiento de "mírenme, aquí estoy". Todas quieren ser únicas: todas son iguales. Se des-cubren más, tienen más senos (¿serán las hormonas, serán los sostenes, será el material más strech?), creo que un 99.99 % tienen pelo largo, laaaaaaaaaaaaaargo, tienen un problema con su cuello dado que mueven la cabeza de un lado al otro mientras su cabellera sigue el ritmo... para nosotras era "cha.. qué bebe..." para ellas es: "ya pueeeeeeeeeeeeées" (chequear dónde he pueste la tilde). Los chicos no se quedan atrás siendo similares a lo que yo veía en mi amigos, toman a escondidas como cosacos volviéndose hombres por un segundo, creyéndose los gallos del gallinero y tratando de mostrar que manejan sus hormonas como les da la gana… Tienen músculos mucho más desarrollados que los adolescentes de antaño y están MUCHO más pendientes de su aspecto físico.

Tanto chicas y chicos hablan de ropa, de nutricionistas, de quién les gusta, con quién gilean, de su vida social, de “reus”, de sus excesos, de sus reglas, pero entre todos, con todos y para todos. Usando una gama de vocabulario maravillosamente prolífica y sin distinción de ningún tipo. Sin embargo, ante sus padres su palabra baúl es: normal. Tienen una vida millones de veces más expuesta porque así lo han decidido: basta con mirar algún Facebook. Hay menos límite y quizás menos pudor –en el que a veces se cruza la raya con mayor facilidad- un límite que nosotros como padres no hemos logrado establecer con paciencia y sabiduría. Cuando este intento ha sido impositivo, no ha funcionado del todo. Estos chicos suelen reclamarlo todo... su capacidad argumentativa es enooooooooooooooorme. Eso no creo que haya cambiado mucho, pero ahora estamos al otro lado en el sistema comunicativo.

Las chicas son las mismas si las miramos desde dentro, siempre estará la comedida, la tímida, la mandada, la que chapa con varios y la que nunca ha chapado. La que ya se emborrachó más de una vez, la que miente descaradamente, la lorna, la que cubre a las amigas, la acusete. La que parece pero no es, la que es... y no parece. Al final, todas conflictivas de una u otra manera. Los chicos, por su parte también son los mismos si los miramos desde dentro, el matón, el que quiere pasar piola, el lorna, el débil que trata de mantenerse encubierto, el que quiere ser y no puede (conocido como el wannabe, existiendo la versión femenina), el churro que se sabe churro, el bueno, el lindo, el que se embomba en todas las reus…

Ellos no son los distintos, somos los padres de mis alumno que por millones de razones hemos tenido, que educar a nuestros hijos de manera más improvisada que planificada. Los cambios tecnológicos, el estilo de vida, y hasta la política económica a veces nos hace dudar de que si la regla que dimos ayer es la adecuada. La rapidez con la que vivimos nos trae abajo más de lo que nosotros como adultos podemos aceptar.
Sin embargo, rescato un detalle, si fuéramos distintos en esencia no nos veríamos ni por asomo reflejados en nuestros hijos, repitiendo los errores que nosotros cometimos y sobrellevando/ disfrutando de una de las etapas más conflictivas de vida.
Ojalá que esto conteste a la pregunta de una u otra forma.