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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Buenas maneras

Hay límites que definitivamente cuesta establecer, y no estoy hablando de límites de disciplina ni de nada que se le parezca. Límites que son casi invisibles, límites que se confunden con el deber y el amor. Esos límites son bien confusos para quienes somos padres, porque me queda claro una vez y otra vez: somos, en una gran parte, artífices de lo que nuestros hijos muestran en el día a día.

Una de las cosas que me llama la atención hace años, por ejemplo, es la falta de cortesía de los chicos. Ceder asiento, dejar pasar al adulto primero, saludar, decir gracias, pedir por favor. Las reglas básicas de convivencia, que no tiene por qué llegar a los niveles de nuestro recordado Carreño van desapareciendo para dejar lugar a la prepotencia y malacrianza (gran palabra, por cierto). Llama la atención ahora, esos detalles de alumnos que saben decir: buenos días y gracias. Detalle que el otro día señalaba una colega: ¿alguna vez han contado cuántos alumnos los saludan cuando se cruzan en la mañana con ustedes en el patio? Reflexión inmediata: saludarán a sus padres al levantarse, al acostarse, agradecerán el desayuno en casa, a quien les ordena el cuarto, el regalo, el dinero....

No... tenemos una generación que EN SU MAYORIA sienten que se lo merecen todo, que aquello que tiene cae del cielo y por tanto... no tiene valor. Del mismo modo, tampoco entonces tienen valor aquellas personas que están aldedor suyo y que merecen ciertas actitudes de cortesía mínima.

En el grupo social al que pertenece un gran grupo de ustedes, lectores, recordamos todavía las lecciones de Barney y sus "good manners"... y seguramente insistimos mucho en que nuestros hijos replicaran como letanías el por favor, el gracias y los buenos días... Y seguramente, los que leen esto no tienen problemas con sus hijos en esos aspectos...

¿Cómo haríamos? Porque de hecho, Carreño y de paso Frida Holler se cortarían las venas...

miércoles, 6 de octubre de 2010

Calibrando brújulas

Uno de los campos más fértiles en donde las discusiones encuentran lugar para divertirse a su antojo es la educación de los hijos. Aquí empiezo de nuevo a entrar en terreno minado y peligroso porque de hecho más de uno se podrá sentir identificado y por ende... ofendido con lo que diga. Lo siento, pero es verdad.


Cuántas veces ha ocurrido que un padre/madre hace algún comentario o da una orden a su hijo/a y su pareja lo mira con cara de total desaprobación, esa mirada que se traduce en : ¿Cómo se te puede ocurrir haber dicho/ hecho tal burrada? U otra que es más común, el hecho de llamar eternamente la atención a los chicos por algo que no es tan grave y la pareja en cuestión te mira como diciendo: ¿No te cansas de jorobar al pobre chico con el mismo tema? o su versión más directa ¿Por qué no lo dejas en paz?


Ahí pues surge el gran problema, se forman los equipos. Uno de los miembros de la pareja es el malo y otro hace migas con la criatura en cuestión.... Una dinámica taaaaaaaaaaaaaaaaaaan familiar, taaaaaaaaaaaaaaaaan común, taaaaaaaaaaaaaaaan cotidiana. No obstante, justamente esa "normalidad" condiciona que tengamos adolescentes confusos, con límites blandos.



Adolescentes que no saben que un NO es un NO. Adolescentes que resientan la autoridad de sus propios padres. A ello, podemos agregarle lo que una gran amiga me comentaba que la relación de pareja se resiente porque estamos diciendo todo el día "tú haces tal y tú no haces cual" (madre y padre, normalmente). Peor aún, si los padres viven separados, ocurre que a veces (ojo que no estoy generalizando ni prejuzgando) el que vive con la criatura (y generalemente educa) es el malo de la película y otro, el que visita es el permisivo, el cariñoso...



La educación de los hijos termina siendo un problema de muchas aristas, pues cada miembro de la pareja cree tener la fórmula perfecta que se basa en esta premisa: a mí me criaron así y no salí muy mal que digamos.... Y no nos damos cuenta de que salimos con más defectos de los que somos capaces de aceptar y queremos repetir el mismo modelo en nuestros hijos pensando que es el mejor...y así surge la imagen de unos padres tirando la carreta para cada lado y convirtiendo a los chicos en una suerte de Túpac Amaru...


Hay que hacer el intento de calibrar nuestras brújulas, y que ambas (la de padre y madre) se dirijan al mismo Norte, pues que estas se orienten con una dirección personal y quizás opuesta es un gran peligro.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Logrando el balance

Es natural, que busquemos –como padres- mostrar nuestro éxito en la labor que se aprende sobre el caballo. Finalmente nadie te enseña a ser padre y se suele cometer el error de pensar que si la educación que se recibió fue medianamente exitosa, entonces el modelo se repite. Si por el contrario, no lo fue pues entonces dejo de hacer todo lo que mis padres hicieron conmigo.

En lo anterior, cualquier extremo es malo y erróneo. Cuando nosotros fuimos educados corrían otros tiempos y de ello si somos conscientes pero igual vamos a aplicar el mismo molde a una realidad diametralmente opuesta. Les doy solo una muestra: hay celular.

Consideramos que nuestros padres fracasaron en el intento de educarnos y que por el contrario, nos consideramos hombre y mujeres hechos y derechos a pesar de la educación recibida. Por lo tanto, criamos hijos sin “NO”, sin límite, sin sentidos culposos. Nuevamente caemos en el error. Puesto que todo ser humano necesita fronteras en su caminar, retos que superar.

Complicado encontrar el equilibrio, pero en ello está buscar el balance de sentirnos padres orgullosos y no arrastrar sobre nuestros hombros los supuestos errores de los hijos. Son nuestros, no de ellos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El puente colgante

Partamos de la premisa de que todos los seres humanos necesitamos límites en nuestro crecimiento. No lo digo porque seamos unas bestias, ni no tengamos un autocontrol, simplemente pienso que en nuestra crianza hemos tenido algunos límites que nos han convertido en seres humanos medianamente "normales". Aclaro: medianamente.

Es cierto también, que muchos padres de nuestra generación hemos sido/somos extremadamente complacientes, relajados, permisivos, generosos o como quieran decirlo con respecto a los límites que les hemos puesto (les ponemos) a nuestros hijos. Algunos ya pueden dar fe del buen éxito o poco éxito de la estrategia utilizada. No obstante, creo que todos la tenemos clara: en la crianza, los límites son básicos.
Esta imagen es buena: tienes que cruzar una distancia entre dos puntos usando un puente, la caída no sería mortal. Hay dos puentes, uno destartalado, con algunas maderitas que le faltan, tiene barandas. El otro está nuevo, es obviamnete más seguro, no tiene barandas. Por instinto, está confirmado que escogeremos el primero...
Tengo en mí grabadas las palabras de MAYA quien a los 18 años se "largó" de su casa con lo que tenía puesto después de una fuerte discusión: es que a mí... me faltaron límites, me dijo. cuando me los quisieron poner, ya era tarde y hasta ridículo.
Como dice la vieja y sabia frase: todo extremo es malo...